La batalla cultural, en tiempos hipermodernos

Desde que asumió el actual gobierno el 10 de diciembre de 2023, la política argentina vive una disputa que no se define solo en leyes o debates parlamentarios. Es una batalla cultural, planificada con precisión y librada en el territorio donde hoy se concentra la atención pública: las redes sociales. Allí no solo se difunden mensajes: se instalan marcos conceptuales, se naturalizan recortes y se moldea el sentido común.
No es improvisación. Detrás hay think tanks como la Fundación Faro, equipos que manejan big data, inteligencia artificial, comunicación emocional y un dominio quirúrgico del funcionamiento de las plataformas. El resultado: un campo de juego inclinado a su favor. Manejan la narrativa, conocen las reglas y disponen de recursos que la oposición todavía no logra entender del todo.
El presidente llama “virus” o “parásitos mentales” a sus críticos. Parece un insulto, pero es una táctica: demonizar toda resistencia y reforzar el relato que justifica un ajuste brutal como parte de una supuesta “normalización” del país.
La estrategia oficialista es clara: hacer que medidas impopulares se perciban como inevitables. Recortes en áreas clave, cambios en el sistema previsional, reducción de pensiones por discapacidad, erosión de derechos adquiridos… En cualquier otro contexto, habría resistencia masiva. Hoy se presentan como “sentido común”.
La herramienta central es la comunicación digital. Usan deepfakes, fake news y videos hiperrealistas para instalar mensajes o poner en boca de opositores frases que nunca dijeron. El reciente retuit de Milei con un video manipulado de Axel Kicillof no es un caso aislado, sino un anticipo de lo que viene.
Ellos juegan en su cancha. Dominar los códigos, tiempos y herramientas les permite moldear percepciones antes de que la discusión llegue al plano racional. En la sociedad hiperconectada, lo que circula en la pantalla define la realidad más que cualquier declaración oficial.
Aquí entran los “ingenieros del caos”: estrategas que combinan conocimiento técnico, creatividad y disciplina para operar en redes con precisión milimétrica. Son parte del ecosistema libertario y de la derecha global, articulados con think tanks y consultores internacionales.
El progresismo carece de ese músculo técnico. No tiene equipos orgánicos que unan análisis de datos, segmentación quirúrgica, producción masiva y reacción instantánea. En la derecha, la comunicación digital es un arma central; en la oposición, muchas veces sigue siendo un accesorio.
La ventaja no es casual. Las plataformas fueron diseñadas bajo lógicas afines a los discursos polarizantes, premiando la indignación y la simplicidad. Quien domina esa dinámica arranca ganando.
Mientras el oficialismo ajusta su estrategia a cada cambio en el algoritmo, buena parte del progresismo recién “aprende a usar redes” como si eso bastara. Abren cuentas, publican comunicados y creen que así están disputando. Pero usan manuales viejos para un partido nuevo
Publicar no es construir comunidad. Una comunidad se siente parte, interactúa, se retroalimenta. Hoy, la política efectiva no separa lo virtual de lo presencial: crea un ecosistema híbrido donde el contacto en redes y en la calle se potencian mutuamente.
En la militancia tradicional, el momento clave era el timbreo o la charla cara a cara. Hoy, muchas veces lo decisivo es qué aparece en la pantalla de una persona media hora antes de votar. Ese último impacto en TikTok, Instagram o X puede ser más determinante que semanas de trabajo territorial.
Ahí está la asimetría: el militante recorre barrios todo el día, pero el vecino que lo recibe pasó horas expuesto a contenido optimizado para influir en sus emociones. Cuando el militante se va, el teléfono vuelve a conectar a ese vecino con la narrativa oficial.
Mientras en la oposición se debate durante horas cómo redactar un mensaje “correcto”, el gobierno lanza contenido emocional, masivo y constante, afinado en tiempo real y distribuido con precisión algorítmica
Las plataformas no son neutrales. Sus algoritmos premian la indignación y el escándalo por encima de los argumentos. Entrar a este terreno es como jugar un partido donde el árbitro y el VAR están del otro lado.
Los “ingenieros del caos” no comparten su manual. Sus tácticas son exclusivas, hechas a medida y sostenidas por recursos y disciplina. Del otro lado, la respuesta sigue siendo fragmentada y muchas veces improvisada.
El objetivo oficialista es instalar un marco cultural que justifique sus acciones en todos los frentes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Lo dicen abiertamente en eventos como la Derecha Fest: libran una batalla digital para consolidar su modelo.
Si no se interviene con inteligencia, creatividad y constancia, lo excepcional se volverá normal y el ajuste quedará legitimado incluso entre quienes lo sufren.
No hay forma de disputar esta batalla fuera del terreno digital. La comunicación meramente informativa no alcanza. Hace falta una estrategia emocional, ágil, constante y capaz de construir comunidades activas.
Defender derechos, preservar la memoria y proyectar un futuro justo ya no se define solo en la calle ni en el Congreso: se define en el timeline, en el meme que rompe burbujas, en el video que llega justo antes de votar.
Cada día sin jugar este partido es un pedazo de sentido común que se cede. Y en una batalla cultural, el tiempo perdido no se recupera.
