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LA FARSA DE LAS DECLARACIONES: CUANDO LAS PALABRAS REEMPLAZAN A LA ACCIÓN

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU se convierte en escenario de discursos grandilocuentes que apenas enmascaran la impotencia estructural del sistema multilateral. Antonio Guterres, en su despedida del organismo, repite el guion previsible: llamados a la acción global, advertencias sobre crisis humanitarias, referencias al estado palestino. Pero entre la retórica diplomática y la realidad de los territorios ocupados media un abismo de inacción calculada. Los mecanismos diseñados para proteger a la humanidad se reducen a rituales burocráticos donde las resoluciones se acumulan como papeles mojados ante la impunidad de los poderosos.
La arquitectura internacional nacida tras la Segunda Guerra Mundial muestra sus grietas más profundas. El régimen Trump demostró cómo un solo actor podía dinamitar décadas de consensos multilaterales. Hoy, la comunidad internacional enfrenta desafíos existenciales: desde la anexión ilegal de territorios hasta el colapso climático, pasando por masacres que se transmiten en tiempo real. La respuesta sigue siendo la misma: declaraciones de preocupación, llamados al diálogo, expresiones de alarma. Los organismos se lavan las conciencias con palabras cuidadosamente redactadas mientras permiten que se cometan crímenes a vista de todos.
Esta parálisis no es accidental sino funcional al orden neoliberal global. Los mismos estados que financian las agencias de la ONU son quienes violan sistemáticamente sus principios. La hipocresía institucionalizada convierte los derechos humanos en moneda de cambio geopolítico. Palestina se transforma en caso testigo: décadas de resoluciones incumplidas, informes ignorados, condenas sin consecuencias. La solidaridad internacional se reduce a tuits de diplomáticos mientras los bulldozers arrasan hogares y los drones asesinan familias enteras.
La verdad incómoda es que estos organismos prefieren su supervivencia burocrática a la defensa efectiva de los pueblos. Mantienen las apariencias del multilateralismo para legitimar un sistema que beneficia a las potencias hegemónicas. Cada discurso, cada resolución, cada sesión especial sirve para alimentar la ilusión de que algo se está haciendo. Pero en los territorios ocupados, en las fronteras militarizadas, en las cárceles secretas, la realidad es otra: la impunidad reina porque la comunidad internacional elige mirar para otro lado. Las palabras nunca detuvieron una bala ni frenaron un tanque. Solo la acción colectiva y la presión popular pueden romper este círculo vicioso de declaraciones vacías y complicidad silenciosa.

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