Tragedia palestina y crisis diplomática

Asistimos a una catástrofe humanitaria en Gaza. En medio de una feroz represión, el primer ministro, Netanyahu, dio 24 horas para que más de un millón de sus habitantes se desplacen hacia el sur, antes de desplegar allí su política de tierra arrasada. La gran mayoría ya emprendió el tortuoso camino.

Es un genocidio anunciado al mundo entero por un gobierno de extrema derecha, cada vez más desprestigiado en su país y en el exterior. “Son animales inhumanos y como tales los vamos a tratar”, señaló su ministro de Defensa. Pero, pese a las movilizaciones masivas en todas partes, este mundo tan deshumanizado no responde de manera contundente.

El ultimátum contra los palestinos viene como represalia a la sangrienta incursión de Hamás en territorio israelí, por una de las fronteras más protegidas del mundo. Dejó 1.300 muertos, numerosos heridos y rehenes. Un ataque todavía más grave que el del Yom Kipur, hace cincuenta años.

En los días transcurridos, los mandatarios más poderosos se han centrado en condenar el ataque de Hamás. Sin duda, como en tantos otros atentados, la muerte de civiles inocentes, incluidos varios niño/as, es condenable y repudiable.

Sin embargo, debe examinarse la crisis con mayor atención. No se trata de una guerra ni un conflicto entre dos países, por más que se empeñen en mostrarlo así. Lo que hoy vive Gaza es un episodio más, el más bárbaro, de la prolongada ocupación de Palestina.


Lo que hoy vive Gaza es un episodio más, el más bárbaro, de la prolongada ocupación de Palestina


Repasemos la historia. En 1948 EEUU e Inglaterra lograron establecer el Estado de Israel en el territorio palestino, concretando así su viejo sueño de construir un enclave en la región petrolera por excelencia.

Fue el inicio de la Nakba o catástrofe, la tragedia del pueblo palestino, condenado al despojo, desplazamiento y exilio. Aunque resoluciones sucesivas de la ONU y los acuerdos de Oslo de 1993 defendieron la solución de dos Estados, Israel fue ampliando su territorio, profundizando la ocupación, siempre con el apoyo de Washington. Basta comparar los cambios en los mapas de la región.

La desigualdad de condiciones entre los dos países es absoluta. En los constantes enfrentamientos entre el ejército israelí y los palestinos, la relación de muertes ha sido de 1 a 20. A estos se les despoja de su territorio, su dignidad y sus mínimos derechos. Es una auténtica política de apartheid y de exterminio contra su pueblo.

La lucha se ha centrado con mayor fuerza en la Franja de Gaza, un territorio muy reducido con 2.3 millones de habitantes, la prisión al aire libre más grande del mundo. Se vive allí en condiciones extremas, en cuanto a servicios sociales y acceso al agua, electricidad y alimentos. 80% de su población depende de ayuda humanitaria para subsistir. Los niños y niñas, que no han visto sino la guerra, representan casi la mitad de la población.

Pasemos ahora a la crisis generada por las declaraciones de Gustavo Petro. En su intervención en la pasada asamblea de la ONU propuso convocar dos conferencias de paz, una frente a la guerra Rusia-Ucrania y otra para al conflicto Israel-Palestina.

Una vez se produjo el atentado de Hamás y la feroz respuesta de Israel, la posición del presidente ha sido tan acertada como firme. Condenó el ataque de Hamás, pero lo puso en su contexto: El responsable principal de la crisis es el Estado de Israel, que no ha cumplido con las resoluciones de la ONU. Gaza es un campo de concentración como Auschwitz, señaló.

Esto generó fuerte controversia nacional e internacional, y una crisis diplomática, todavía en curso. Doce excancilleres colombianos suscribieron una fuerte carta cuestionando al presidente por separarse “de manera radical de la tradición de nuestro país por el respeto al derecho internacional y al multilateralismo”.

Le exigieron “el más firme rechazo y condena” a los actos de Hamás y se refirieron a “la preocupante y lamentable situación que se vive entre Israel y Palestina”. Así de insulsa y conciliadora resultó esta misiva conjunta de tibios y extrema derecha.

El presidente respondió recordándoles las numerosas resoluciones de la ONU que “prohíben la ocupación de Palestina”. Insistió en la necesidad de reivindicar el derecho de este pueblo a ser una nación, “tal como Bolívar nos enseñó a ser una nación libre y libres de una nación colonizada”.

Precisamente la tradición que rompe Petro no es la del derecho internacional y el multilateralismo sino la de obediencia y complacencia incondicionales con el amo del norte.

Y emergieron las tensiones. Débora Lipstadt, embajadora estadounidense para asuntos antisemitas, expresó su sorpresa por la comparación. “Rechazamos con fuerza las declaraciones de Petro y lo llamamos a condenar a Hamás”, expresó en el consabido tono imperial.

La respuesta del presidente fue tan digna como elegante: “El gobierno de los EE. UU. tiene hoy una gran responsabilidad política con la humanidad. No se debe dejar llevar por la carga de la historia y debe llevar la situación del medio oriente hacia un tratado de paz basado en la idea de dos Estados libres: Israel y Palestina”. Y agregó: “El alto al fuego es imperativo y el fortalecimiento de la autoridad palestina sobre Gaza”.

Por último, se generó una verdadera crisis política y diplomática con Israel. Este gobierno reprendió a la embajadora colombiana en Tel Aviv y señaló que los mensajes del presidente «reflejan un apoyo a las atrocidades cometidas por los terroristas del Hamás, avivan el antisemitismo, afectan a los representantes del Estado de Israel y amenazan la paz de la comunidad judía en Colombia». Anunció suspensión de envíos militares.

A ello Petro replicó: «Si hay que suspender relaciones exteriores con Israel las suspendemos. No apoyamos genocidios», “Al presidente de Colombia no se le insulta”. Una clara muestra de dignidad en la política exterior colombiana y eso es lo que cuenta.

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