Fidel Barbarito: “Disney tiene cien años construyendo los estereotipos de bondad y maldad”

milagros lopez

Disney, lo queramos o no, es una presencia en el paisaje de este planeta. Sale de las estanterías a barcos transatlánticos. La vemos en pantalones y en perfumes, “y en los salones de clase, las fiestas de cumpleaños, las sábanas de las camas, los cepillos y cremas para dientes. La vemos en vasos, lapiceros, paradas de autobuses, en fin, es omnipresente”.

Así lo cree Fidel Barbarito (Calabozo, 1973). Un hombre que, en sus facetas de músico, investigador y profesor universitario, se ha dedicado al cultivo de la música tradicional, pero muy especialmente a hurgar en las vísceras de esa bestia llamada transculturización, para arrancar de allí las estéticas y prácticas culturales descoloniales.

Dicho de otra forma, Fidel Barbarito escribe y reflexiona acerca de la necesaria toma de conciencia sobre “la propia memoria, identidad, conocimiento y sensibilidad”, lo que resulta fundamental “para construir una cultura realmente humana”.

Barbarito, autor de Música venezolana y descolonización (Ivic, 2019) y Joropo llanero, parranda de re-existencia (El perro y la rana, 2019), es profesor en la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Uneartes), donde coordina la Cátedra Libre para las Culturas Populares. Con él, nos paseamos por los cien años en que la humanidad ha caminado con Disney a cuestas, y lo que nos ha costado esa convivencia.

Fidel, dices Disney y dices omnipresencia, como si fuese una divinidad…

—Definitivamente, la Disney Enterprice Inc. ha sabido posicionarse como una proveedora de experiencias -y de mercancías vinculadas con esas experiencias- que ha llenado de sentido la vida de millones de personas alrededor del planeta. Obviamente, es un modelo de negocio exitoso, y no solamente desde el punto de vista empresarial. La omnipresencia refiere a cierta cualidad divina. ¿Tal vez existe esa pretensión. Hacerse parte fundamental de la vida cotidiana de las personas. llenar vacíos, dar sentido, producir una cierta espiritualidad?

Visto así, desde la perspectiva de la omnipresencia, te pregunto ¿son inocuos los mensajes que trasladan las películas de Disney en multiplicidad de idiomas a casi todos los países del mundo?

—Tan inocuo como un medicamento. La humanidad toda ha producido mitos, relatos, cuentos, narraciones tan diversas como hermosas, tan fantásticas como atroces y complejas, con el objetivo de auto reconocerse, de explicar la propia existencia en este planeta. Los mitos de creación son poesía extraordinaria en la inmensa mayoría de los grupos humanos. Disney, a través de las experiencias que ofrece y de las mercancías con las que fetichiza su discurso, tiene cien años construyendo los estereotipos de bondad y maldad en los que se basa la ética de la modernidad occidental y, al mismo tiempo, con ese mensaje de apariencia inofensiva e inocente ha sido muy eficiente occidentalizando al resto del planeta, logrando una hegemonía tal, que cualquier crítica o señalamiento que se realice sobre ‘los muñequitos’ es acusada de sufrir de conspiranoia.

Hablando de ‘buenos y malos’, te pido mirar la actual agresión de Israel a Palestina. Para algunos está justificado que se masacre a un pueblo por la razón de que es el ‘malo’. Es decir, sería loable el exterminio de todo un pueblo calificado de malo, ¿funciona así?

—Y esto lo estamos observando en la historia de la modernidad desde hace unos cuantos siglos. Las cruzadas intentaron eliminar la diferencia religiosa en Europa. ¿Y quiénes eran los malos? Los no cristianos, es decir los paganos, los judíos y los musulmanes. Los no cristianos se convirtieron en el otro a ser exterminado físicamente, o a ser convertido, es decir, exterminado simbólicamente. Aquí, en estos territorios, el conquistador castellano exterminó a cerca de 80 millones de seres humanos y esclavizó a otro tanto. Por salvajes y paganos, es decir, por no cristianos.

En Europa, en pleno siglo 20, se realizó una campaña de exterminio en contra de comunistas, gitanos y judíos. ¿Por qué? Por diferentes. Por no compartir los valores de la derecha europea ¿Quiénes eran los buenos en ese momento? Ah, pero en este caso los judíos exterminados eran propietarios y eran europeos. Así que la ética de la modernidad entró en crisis y hubo que ir en contra del hombre genocida, blanco, católico, propietario y europeo. Y para  resolver el asunto, hubo que entregarle al ‘pueblo judío’ -desterrado por los egipcios- un territorio, que por casualidad había sido el territorio del pueblo palestino durante miles de años. Asistimos entonces al nacimiento del estado sionista de Israel.

OCCIDENTE HA PRODUCIDO SUS ESTEREOTIPOS CON MUCHO CUIDADO Y EN EL CASO DEL MUNDO ÁRABE, DIGAMOS QUE ES UN ESTEREOTIPO QUE FÁCILMENTE HA PASADO DE BÁRBARO (NO CRISTIANO) A TERRORISTA (NO OCCIDENTAL)“.

¿Quién califica de malo y de bueno? ¿qué tan intoxicadas están nuestras conciencias para justificar el asesinato de millones de personas durante casi 80 años de forma sistemática? Se supone que el estado sionista de Israel avanza con un genocidio en pleno siglo 21 ante la mirada congelada de toda la humanidad, alegando legítima defensa. Pero pareciera que olvidamos que la legítima defensa la ejerce el pueblo ocupado y aquí el ocupante, el colonizador, el genocida, es el estado sionista de Israel.

En 1972, se publicó el libro Para leer al Pato Donald (Dorfman-Mattelart), para muchos, un libro de culto que abrió el debate sobre la formación de estereotipos y la difusión ideológica en los dibujos animados. En el mundo actual, ¿tienen cabida análisis como ese?

—Por supuesto. Es que Ariel Dorfman y Armand Mattelart explican muy claramente de qué forma aquellas ‘tiras cómicas’ naturalizaban las relaciones de dominación, de explotación, propias del modo de vida capitalista, al punto de construir la idea de que la verdadera naturaleza del ser humano es la de dominar y explotar a la naturaleza y a sus semejantes. Claro, estamos hablando de la sedimentación de un estereotipo: el del hombre occidental que es propietario, blanco, heterosexual, adulto y que es conquistador, es decir, tiene voluntad de dominio. Y hoy sigue siendo pertinente este análisis en la medida en que entendemos que, por una parte la masificación del mensaje se ha multiplicado notablemente desde los años ’70 y por otro, que ya no es solo un problema entre derechas e izquierdas. Es un problema existencial, como dice Juan José Bautista, porque este propietario, este hombre blanco con voluntad de dominio y su modo de vida moderno occidentalocéntrico, está acabando con la existencia toda, con la vida toda, en este planeta.

Un siglo después de la aparición de los primeros cómics de Disney, ¿Cómo observas la naturalización de las ideas sociales, la superioridad del WASP?

—Pues hay un sedimento muy espeso, como te decía. El proyecto civilizatorio de este hombre, europeo, blanco, heterosexual, católico-protestante, propietario y adulto se ha consolidado partiendo del engaño de que es el único factible. Este modo de vida social en el que está atrapada la inmensa mayoría de la humanidad hoy, ha ido persiguiendo el modo de vida comunitario con el cual dimos sentido y multiplicamos la vida durante miles de años, cuando todavía nos sentíamos parte complementaria de la naturaleza. El modo de vida social es el proyecto del individuo que se hace socio y funda sociedades para multiplicar su capital privando a la propiedad de comunidad, por eso comenzamos a hablar de propiedad privada. Pero ¿privada de qué? Privada de comunidad. Este hombre moderno pasa por encima de la vida de otros seres humanos y hasta de la propia vida, como lo señalan Dorfman y Mattelart en el libro que acabamos de comentar. Ahora es natural pensar, con estas ideas sociales, que el agua es propiedad privada de tal empresa, que tal porción de tierra sea propiedad privada de tal persona, y así la salud, la educación, servicios en general y hasta la vida.

Disney, con su poderío comunicacional devino en maquinaria cultural capaz de imponer las ideas de Occidente al resto del mundo. Visto así, Fidel Barbarito, autor -entre otros- del libro Música venezolana y descolonización (Ivic, 2019), precisa que “ciertamente ha contribuido de forma muy eficiente a imponer el modo de vida de occidente en todo el planeta”.

“LAS PELÍCULAS DE DISNEY SON UN CLARO REFLEJO DE CÓMO SE HA IDO TRANSFORMANDO LA AGENDA POLÍTICA EN RELACIÓN CON LA DISCRIMINACIÓN”.

Pero va mucho más allá, pues considera que Disney “ha sido creada para domesticar al propio sujeto moderno, es decir, a las y los propios occidentales. Y yo no lo llamaría ‘maquinaria cultural’. Yo lo entiendo mejor como una ‘maquinaria de propaganda’, porque responde directamente a un proyecto civilizatorio, político, el de la modernidad occidental”.

Hablando de proyecto civilizatorio, es evidente que las culturas originarias, africanas, asiáticas, latinoamericanas, e incluso indígenas estadounidenses, son discriminadas, otras veces sus narrativas son tergiversadas en películas ¿Cuál es la razón oculta?

—Bueno, la política históricamente ha sido la exclusión, es decir, la negación de la dignidad humana del que se ve diferente al sujeto occidental, y esto sin dudas es muy lamentable. A través de este mecanismo han justificado la esclavitud, los genocidios, las persecuciones, las desapariciones y las guerras. Pero luego aparece una ‘política de la inclusión’ que idealiza al diferente, a la diversidad, y lo ‘eleva’ a la condición de ‘dignidad humana’ del sujeto occidental, porque comparte los principios, es decir, la ética que la modernidad ha impuesto. Esto a mi, en lo personal, me parece igual de lamentable, porque supone la metabolización por parte del sistema mundo occidental de aquello que le es funcional de las otras culturas para hacerse más eficiente y hegemónico. Y las películas de Disney son un claro reflejo de cómo se ha ido transformando la agenda política en relación con la discriminación por sexo, raza, creencia religiosa, cultura, pensamiento político, condición económica. En fin, son documentos que dejan en evidencia la forma en la cual el proyecto civilizatorio de occidente, cuando no puede dominar por la fuerza, siempre ha impuesto su ética asumiendo a la contracultura como propia, como lo diría Luis Britto García.

En los últimos años, las películas de Disney son protagonizadas por mujeres que ya no necesitan de un ‘príncipe azul’ que las salve, rescate o defienda. ¿Se vio obligada a abordar la temática de las agendas feministas? ¿Son realmente feministas?

—Y tiene que ver con estos mecanismos de aniquilación de las contraculturas que lo explica perfectamente el maestro Britto García en libro El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad. Te decía que a la humanidad se nos ha dividido por color, religión, sexo, clase, cultura, nivel económico… ¿Y cuál es el objetivo? Pues dividir las agendas reivindicativas de los distintos sectores. Así la pelea por las reivindicaciones de cada sector se dividen y subdividen hasta quedar tan aisladas, que se desintegra o anula al entrar en conflicto de intereses con los otros igualmente racializados, marginalizados, sexualizados, folclorizados, preterizados, en fin, privados de la propia dignidad. En fin, esos estereotipos que presenta Disney como feministas, comunistas o punk, entre muchos otros, han sido vaciados de los contenidos que originalmente proponen esos colectivos de personas que luchan por un espacio de dignidad, en el marco de un proyecto que los desconoce y aniquila tanto física, como espiritualmente, de forma progresiva.

Quisiera preguntarte por el pasado reciente. La pandemia de COVID-19, por ejemplo, nos obligó al encierro y estuvimos a merced de las pantallas. Culturalmente hablando ¿En qué nos cambió ese período de encierro?

—Año maestro el 2020. Creo que hubo un despertar importante en relación a la forma en que dependemos del poder hegemónico y lo frágil que es eso que el mundo occidental llama libertad. También creo que ha quedado en evidencia lo obsoleto de los sistemas sanitario y educativo, así como la innecesaria jornada laboral de ocho horas presenciales. Claro, los despertares siempre se dan por etapas y en distintos niveles. Sigue habiendo millones de personas aterrorizadas por la llegada de una epidemia aún peor, que se han hecho más dependientes al consumo de medicamentos e información que proviene, precisamente, del sistema que hegemoniza la comunicación por la vía de las pantallas como bien lo has dicho.

En este período de encierro hubo una alta difusión de contenidos y prácticas espirituales. ¿Sirvieron estas prácticas para acompañar a la humanidad en un período absolutamente desconocido?
—Estoy convencido de eso. La modernidad occidental ha perseguido a la espiritualidad en nombre de la ciencia y el pensamiento científico, señalando a la primera como algo del pasado. Nuestras culturas comunitarias, que es gracias a las cuales nos convertimos en humanidad, no ven contradicción entre el conocimiento que se produce desde la razón y el que se produce desde la emoción. Pero el pensamiento occidentalocéntrico, moderno, quiso que olvidáramos el segundo, produciéndonos un gran vacío no solo en el plano espiritual sino también en el tecnológico. Tenemos el poder de autosanarnos. Pero para eso requerimos de ciertas prácticas, ciertas tecnologías y conocimientos que ya nadie nos los comparte. La práctica de la espiritualidad no es eso que nos dice el estereotipo construido por Disney como ‘gente jipi’, despreocupada y distraída.

“EL PROYECTO CIVILIZATORIO DE OCCIDENTE, CUANDO NO PUEDE DOMINAR POR LA FUERZA, SIEMPRE HA IMPUESTO SU ÉTICA ASUMIENDO A LA CONTRACULTURA COMO PROPIA”.

¿Puede esta altísima exposición a las pantallas operar cambios culturales profundos en sociedades como las de América Latina?

—Las pantallas son ahora el soporte tecnológico-comunicacional preferido del modelo civilizatorio de occidente, que es un proyecto político que ha dejado muy claro su pretensión de dominio hegemónico y que ha construido una gigantesca cantidad de formas para producir cambios culturales profundos en toda la humanidad.

Entonces, Fidel, ¿Hay que defenderse de la tecnología?

—Tecnología es tanto el iPhone 15 Pro Max como el respirar correctamente. ¿Cómo vamos a usar esa tecnología? ¿En qué forma nos beneficia? ¿Limita, o multiplica nuestras formas de pensar, sentir, hacer, conocer? ¿Nos sana, o nos enferma? ¿Quién se beneficia de la difusión de esta o aquella tecnología? Todo discurso que rechace a priori cualquier forma de conocimiento o práctica, en el fondo responde a un pensamiento estructuralmente conservador.

Volvamos al tema espiritual-pandémico, crees que la autoayuda vino a desplazar al consumo de literatura (novelas, cuentos, poesía). Hay quienes opinan que la autoayuda es el brazo “intelectual” del neoliberalismo. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
—¿Cuál es la literatura de ‘autoayuda’ que entra en los canales de consumo de altísima difusión? La del brazo intelectual del neoliberalismo, como bien dices. Los textos o productos audiovisuales de las y los sanadores, nutricionistas, científicos, etc., que aportan alternativas a una vida dependiente de medicamentos y alimentos ultraprocesados, que aportan incluso soluciones a lo que la medicina moderna ha denominado enfermedades hereditarias o crónicas, como el cáncer o la diabetes, son silenciados y perseguidos.

Has dedicado tu esfuerzo intelectual a producir conocimientos sobre la descolonización ¿A qué se refiere el pensamiento descolonial?

—Yo creo que tiene que ver con la voluntad de dejar de ser colonia, tanto en lo político como en lo económico. Pero por supuesto, pasa antes por dejar de ser colonia en lo espiritual o cultural, si prefieres. Pensar descolonialmente nuestras vidas pasa por hacer una autocrítica profunda de cómo reproducimos el sistema de creencias que asumimos como propias, pero que nos han sido impuestas por el modelo civilizatorio de occidente. Así que es una práctica existencial que tiene que ir más allá del pensar, y que para mí tiene que ver con la transformación de mi sistema de creencias, con lo que comemos, con la música que escucho, con la literatura y el cine que leo y veo, con la forma en que me relaciono conmigo y con las otras personas, en fin, en la forma en la que vivo esta vida.

Pero estamos en un mundo globalizado ¿Importa defender nuestra cultura local?

—Si la cultura local te reconstituye la propia humanidad, si es una forma de auto-reconocimiento de lo que eres, si es una oportunidad para tu reconocimiento como individuo dentro de una comunidad, si te permite reconocer a tus vecinas y vecinos como iguales, si te da alegría, salud, si te empodera, si te hace sentir parte vital de la naturaleza, ¿por qué no?

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